Activismo activo: más allá del click
Por Nuria Abad
La invisibilidad de quienes luchan por la erosión de los entornos físicos y culturales, por los derechos humanos y de los demás seres vivos, por un mundo mejor, es cada vez más visible. La llegada de Internet ha revolucionado la forma de organizarnos y movilizarnos. El ciberespacio ha abierto (que no suplido) nuevos horizontes políticos a través del establecimiento de nuevas relaciones de poder, una serie de herramientas, espacios, canales e iniciativas en los que acentuar la subjetividad y la recodificación de nuestras realidades sociales.
Se podrían enumerar tres maneras básicas de ciberacción. 1) La difusión de noticias-causa, en las que los medios de comunicación tradicionales no están todavía demasiado interesadas. 2) La coordinación de campañas colectivas a través de las redes sociales. 3) El crowdsourcing, es decir, el uso del potencial de los millones de cerebros conectados a la Red (un buen ejemplo es la Wikipedia). En esta división se utilizan tecnologías como blogs, foros, RSS, XML; se apoyan licencias de software libre (que no es sólo una manera de crear software, sino una afirmación política en contra de la mercantilización de Internet) como GNU, FDL,Creative Commons o el copyleft. Y, lo primordial, grandes dosis de ironía, imaginación y provocación como, por ejemplo, retocar imágenes para cambiarles el sentido (como el subvertising), colapsar webs “enemigas”, inventar personajes subversivos... Una alternativa o complemento a las actuaciones sobre el “terreno” que ha cogido fuerza con la entrada del siglo XXI.
Pero no hay que perder de vista que este ciberactivismo está generando unas estrategias mainstream para llevar a cabo sus propuestas. Un último formato: las páginas webs dedicadas a la recogida de firmas. Organizaciones como Avaaz, Amnistía Internacional o Greenpeace están liderando este tipo de activismo. Cuando tienen noticia de alguna extrema situación de riesgo, social o medioambiental, activan una red integrada por decenas de miles de personas en todo el mundo que aúnan su capacidad de presión enviando cartas, faxes y mensajes de correo-e lo más rápido posible al país que se trate. Aunque yo suelo firmarlas, me pregunto todavía en qué pueden condicionar a un responsable político. También me pregunto de qué manera estas acciones son capaces de movilizar a una comunidad para que ésta aumente su fortaleza y su autosuficiencia. Las comunidades virtuales son en general coaliciones frágiles: no sistémicas. Una fórmula espejismo. Se unen alrededor de intereses y motivaciones muy concretas, vitales y de valores, sí; pero se unen rápidamente y, a menudo, desaparecen una vez conseguidos los objetivos propuestos.
Otra nueva vía, más movilizadora, es la performance callejera o flashmob. Convocada también a través de medios telemáticos (como los móviles e Internet), tiene un carácter más de “encuentro real”. En ella se busca la espectacularidad para llamar la atención sobre alguna causa.
Sobre este contexto, que tiene poco más de una década, hacía hincapié hace un par de meses el presidente de la Generalitat, José Montilla, durante la jornada ciberpolítica “Diàlegs en xarxa”. Dijo: “La red no entiende de uniformidad ni de uniforme, casi ni de siglas. La red entiende de causas. Y hacen falta activistas críticos y creativos, libres y abiertos a todo el mundo. Yo no quiero un activismo de clonación, no hagamos de la red una nueva trinchera digital, sino un espacio de debate”. Palabras muy sensatas, porque hay que saber separar el grano de la paja o corremos el riesgo de seguir siendo una sociedad desinformada, ahora debido a la sobresaturación de información.
El “activismo de sillón” sí cumple tres funciones básicas: la vigilancia, la denuncia y la evaluación. Su eficacia reside en su poder viral. Pero no podemos caer en la frivolidad de creer que el mundo se mejora sólo con unclick.
Si nuestra sociedad mundial necesita una urgente reestructura, no es por una tendencia creativa o intelectual. Las motivaciones son otras: la quebradiza configuración monetaria, que incrementa la pobreza; la corrupción incesante, fruto del egoísmo y la codicia; el sostenido envenenamiento del planeta y, en consecuencia, de nosotros mismos por la excesiva industrialización. Ante esta encrucijada en la que nos encontramos, el activismo, la protesta, la expresión de las ideas, de las quejas, de las opiniones no debe depender sólo de la tecnología o el efectismo. Debe formarse políticamente, crear estructuras sólidas y duraderas. Debe desarrollar un plan estratégico claro dentro de una perspectiva histórica en la cual lo que cuenta no son los éxitos momentáneos, sino una voluntad de avance constante en la marcha hacia unos objetivos. Y, sobre todo, hacia un espíritu comunitario, aceptando la responsabilidad en nuestras vidas y en la generalidad.
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